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martes, 24 de mayo de 2011

EL DEPOR AL QUE TANTO QUISIMOS POR ORFEO SUAREZ











El equipo que hizo posible la utopía, que retó desde una ciudad pequeña al poderoso bipartidismo del fútbol español, paga ahora la factura de aquel desafío. El gasto del Superdepor dejó una deuda que el Depor real tuvo que afrontar con una severa política de austeridad en los últimos años, y con la certeza de que el descenso era un riesgo. Llega de la forma más cruel, en Riazor y frente al equipo que ya se ha convertido en su anticristo, pero es precisamente en el momento más duro cuando es necesario analizar las causas sin argumentos fáciles, sin señalar sólamente al Valencia o a Lotina, y recordar la gran contribución que este club, convertido en la aldea de Asterix, hizo a nuestro fútbol, con sus aciertos y sus excesos. Que bien nos iría ahora en esta Liga de dos otra utopía como el Depor.


Lendoiro era, hasta esta temporada, el decano de los presidentes de Primera. Fue un avanzado a su tiempos, hábil en las negociaciones, con conocimientos de fútbol, dada su condición de entrenador, y, sobre todo, con una autoestima muy valiosa en una tierra y un club que lo necesitaban. Anticipó lo que sería el Depor con el Liceo de hockey patines frente a los colosos catalanes de este deporte, y, una vez consumado el ascenso, en 1991, empezó la construcción del Superdepor, basada en una gran visión para los fichajes y la templanza de un técnico de la tierra, Arsenio Iglesias.

Después del trauma del 94, del penalti fallado por Djukic, 'o bruixo', en su casa de La Coruña, me dijo una frase que anunciaba su final de ciclo: "A fin de cuentas, perder es más humano que ganar". Era cierto, pero no para Lendoiro. El dirigente renovó el equipo, contrató a Irureta y llegaron dos Copas, una Liga y unas semifinales de Champions, perdidas ante el Oporto de Mourinho.

Después de todo aquello, la crisis, la deuda, el acoso político y, probablemente, cierta manía persecutoria desarrollada por el personaje. Sabía que a partir de entonces, sus títulos serían los millones que descontara de los números rojos en cada ejercicio, y a ello se empleó. Lotina, como antes Caparrós, aceptaron pilotar el barco durante esta dura etapa. Lendoiro nunca los cuestionó públicamente, aunque es evidente que percibió las dudas del técnico vasco en la última temporada. Lotina siempre supo que a su equipo, además de calidad, le faltaba cuajo, experiencia, y por eso temía llegar a un desenlace como el que se ha dado.

La recuperación, seguramente, ya no le corresponderá, y aunque es inevitable que un descenso marque un currículo, su trabajo debe observarse sin perder de vista la coyuntura. Lendoiro ha dicho que ahora es momento de trabajar para devolver al Depor a su sitio, y hasta este Valerón otoñal ha mostrado fidelidad al equipo que se lo dio todo. Un gesto fiel a la herencia de aquel Depor al que tanto quisimos.

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